sábado, 3 de noviembre de 2007

CONOCÍ A CARLOS RAÚL...
Por Patricio Haschke
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Conocí a Carlos Raúl Sepúlveda a mediados de los ochenta. Por esos años yo era un consumidor de literatura C.F., eran años difíciles y me nutría de libros de viejo. Recuerdo haber sido invitado a una reunión de un club de Ciencia Ficción. Para mi fue la primera sorpresa de varias que me ocurrieron, ¡Un club de C.F.! Y yo que me creía un solitario seguidor del género. La segunda fue que durante la reunión de dicho club se premió a un escritor chileno de C.F. ¿Cómo, existían en Chile escritores de este tipo?, estaba asombrado. Al nombrarse a Carlos Raúl Sepúlveda, autor de "El Dios de los Hielos", merecedor del Premio Nova, vi levantarse un ser grande, Que llenó con su presencia el escenario. Hablando con voz pausada, tranquila y convincente agradeció con modestia el galardón. Esa fue mi segunda sorpresa. El tiempo se encargó de convertirnos en amigos.

Como era de suponer entregué mis datos y pasé a formar parte de tan extraño club. Mi tercera sorpresa fue que días después del evento antes mencionado, Andrés Rojas Murphy decretó por si y ante si el término del club. Quedé con mis alas cortadas antes de aprender a volar.

Afortunadamente Carlos Raúl y otros próceres rescataron las fichas de los socios y fundaron la Sociedad Chilena de Fantasía y Ciencia Ficción (SOCHIF), de la cual formé parte desde su inicio. Conocí a mucha gente valiosa, escritores, dibujantes, actores, estudiantes, trabajadores, etc. A todos nos unía el género de la ficción, pasión que nos convirtió de inmediato en amigos. Si bien sus relatos transitaron por la ficción, en todos ellos advertí que él había bebido en las fuentes de los hechos, hechos que bien pudieron ser escritos en episodios y capítulos para formar parte de un entretenido anecdotario. Salvando la debida distancia por supuesto, al igual que Gabriel García Márquez, Raúl encontró a sus personajes ahondando en sus fantasías, imaginando los sueños de su universo interior que reconstruye las peripecias de una vida llena de nostalgias.

En nuestro Chile donde el comportamiento de los figurones seduce a mucha gente, siempre dio muestras de un recelo que lo llevó a negarse a pertenecer a los adoratorios políticos en pos de beneficios mezquinos. Ese orgullo no son vanas ínfulas sino de una moral que en cierta manera predicó y lo convirtió en un ser extravagante y lleno de ilusiones.10 de febrero, madrugada fría y solitaria en un hospital público. Carlos Raúl Sepúlveda se ha ido. Durante el año pasado entró y salió de hospitalizaciones. No quisimos aceptar la gravedad de su estado y su partida sorprendió a sus amigos a pesar de su premonición de muerte o deseo escondido.

Raúl se marchó de esta dimensión. Quizás las fuerzas de vivir lo abandonaron, desgastado por la soledad, por los esfuerzos no siempre fructíferos.

Nos hará falta. ¿Con quién soñaremos mundos posibles?, ¿con quién discutiremos ideas utópicas?, ¿quién será el catalizador de personalidades tan disímiles como lo son los tripulantes de la SOCHIF?

Carlos Raúl ya está con Juan R. Muñoz, Eugenia Landabur, Adrián Rocca, Max Carvajal. Grandes reuniones se estarán realizando ya.

Calificar la amistad es ingrato, pero sin duda que mis grandes amigos fueron “Carlos Raúl Sepúlveda, Max Carvajal, Juan Muños Pollier, Adrián Rocca y Eugenia Landabur”, desgraciadamente todos ellos han partido de esta dimensión terrena. Estarán juntos ahora elucubrando quizás qué cosas. Los extrañamos a todos. Pero nos dejaron el camino trazado para continuar su senda.

Ha partido Raúl, amigo y compañero de tantos sueños, de tertulias sanas y de comidas pantagruélicas. Nos hará falta.
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Adiós amigo, adiós. Hasta pronto.
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Santiago, Marzo de 2007.

1 comentario:

GONZALO POBLETE LANDABUR dijo...

Gracias Pato por acordarte de los que se nos adelantaron. Pierde cuidado que la eterna tertulia de ellos debe ser increible, a la cual todos en algún momento nos incorporaremos. El comentario sobre las comidas pantagruelicas es perfecto, aunque poco las alcancé a disfrutar, sí tomé la razón de ellas.
Como decía la Kena (Eugenia Landabur), "Un abrazo de oso para todos".