viernes, 16 de noviembre de 2007

VOCES DEL TIEMPO
Por Marcelo Velasco
(Segunda parte de tres: 2/3)

4 (1990)

Habíamos crecido dentro de la Sochif. Estábamos preparando el segundo encuentro nacional de Fantasía y Ciencia Ficción. Por fin habíamos podido publicar el Quantor después de muchas horas de esfuerzo, trabajo y muchos dolores de cabeza. Teníamos un taller de maquetas y pronto comenzaría uno literario.

Era el año de nuestro crecimiento.

Con Carlos Raúl estábamos revisando el contenido del boletín número 10 de la Sochif, cuando de pronto me dijo:
―¿Todavía lees esos libros de aventuras?
―Sí, aunque no he podido terminar de leer a Sandokán, porque no los tengo todos.
―Pues, ¡ahora los vas a poder leer todos!― me dijo con una sonrisa brillante y el pecho en alto mientras sacaba un libro de la repisa al costado de su escritorio.

Con un nudo en la garganta pude ver un pequeño libro de unos 15 cm con tapa dura azul, de cuatrocientas y tantas páginas, con la inscripción “El Desquite de Yañez” en su lomo.
Traté que una lágrima no rodara por mi mejilla, pero sin duda la vista se me nubló mientras ojeaba el libro.

―¡Gracias!― le dije casi sin voz. ―¿Dónde lo encontraste?
―En San Diego el mes pasado. Como no nos habíamos visto no te lo había podido pasar... Pero, ¡ahí esta!
―¿Y cuánto te debo?
―¡Crees que te voy a cobrar algo por el libro! ¡Es un regalo!

No lo podía creer. Después de tantos años buscando ese libro me sentí cansado al saber que por fin lo había adquirido. Era como si sintiera que por fin podía descansar en paz después de un trabajo de toda una vida.

Era de una editorial “Saturnino Calleta”, la que no había visto nunca. La verdad es que nunca he visto un ejemplar de ese libro, o de alguna otra editorial, salvo el que me regaló Carlos. Sin duda siempre estaré en deuda con él por tan preciado regalo.

―¡Vas a tener que dedicármelo entonces!― dije con alegría.
―¡Ya está hecho!― me dijo riéndose.

No entendía lo que me decía. Tal vez el shock había sido demasiado fuerte, pero no veía ninguna dedicación en las páginas delanteras del libro.
―¡Pero si no tienen nada po, Carlos!
―¡Si lo tiene, Pequeño Saltamontes! ¡Si lo tiene! Sólo tienes que saber mirar con otros ojos.

Como siempre Carlos trataba de poder enseñar algo y en ese momento me estaba diciendo que no era necesario escribir algo cuando ya estaba tallado en el corazón.
O por lo menos eso fue lo que creí en ese momento.

5
Tardé sólo dos días en leer el libro. Había pasado casi todo el fin de semana encerrado en mi pieza devorando cada una sus páginas.

Por fin pude saber como Yañez y Sandokán habían podido vencer al malvado Raja Shindia que intentaba usurpar el reinado de Assam al Portugués y fiel amigo de Sandokán.
Cuando por fin lo terminé de leer pude ver que en una de las últimas páginas en blanco de la encuadernación, había una serie de frases escritas con la letra de Carlos.
¿Era esa la dedicación que me había dicho?

Era extraño ya que no decía nada coherente, sino que unas simples letras y números.
QTOR 4, P25, L47
FANTCOL, P 17, L5
FANTCOL, P 17, L11
QTOR 4, P 21, L29
QTOR 4, P3, L31
QTOR 4, P3, L61
VAGDO, P53, L10
VAGDO, P18, L4
VAGDO, P43, L22
VAGDO, P116, L13
VAGDO, P116, L14
DHIE, P56, L11
DHIE, P56, L9
QTOR 4, P 25, L68
DHIE, P235, L17
DHIE, P235, L21

Entonces comencé a dudar. En el librillo de cuentos que me había pasado Carlos, durante la primera aventura del “Club de Detectives Sherlock Cinco” habían descifrado un mensaje oculto, obteniendo la clave para resolverlo del libro “El Prisionero de Zenda” de Anthony Hope.

Los niños habían encontrado la clave en la siguiente inscripción: “R. Hentzau, CAP III. ED. Robin Hood. 1 L3”.

Una vez encontrado el libro de la editorial Robin Hood, sobrepusieron el párrafo de la línea 3 del tercer capítulo con las letras del abecedario sin repetir ninguna, A, B, C...... etc.
Con esto supieron que letras debían sustituir en el mensaje encriptado para obtener el mensaje descifrado final.

¡Pero aquí no tenía ningún mensaje encriptado! ¡No había referencia a alguna edición o escritor o cualquier otra pista me digiera donde buscar.
Si este era un mensaje oculto... ¡Debía resolverlo!...
Pero primero debía saber si efectivamente era un mensaje oculto de Carlos o estaba comenzado a alucinar cosas.


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Así que lo llamé inmediatamente.
―¡Alooo!― me dijo desde el teléfono.
―¡Carlos, soy yo, Marcelo!
―¡Hola Marcelo! ¿Cómo estai?
―Bien, pero te llamaba para hacerte una pregunta...― evitando todo rodeo dije simplemente ―¿Me dejaste un mensaje para descifrar en el libro de Salgari que me regalaste... O al final hay algunos apuntes tuyos que son puras letras no más?

―¡Sólo el tiempo te lo dirá, Pequeño Saltamontes! ¡Sólo el tiempo!
―¡Pero no tengo ningún mensaje encriptado! ¿¿¿Qué hago????
―No debes hacer nada, sólo el tiempo te lo dará.

Debía aplicar su sabiduría nuevamente y entender esto como una enseñanza o simplemente se estaba divirtiendo conmigo. ¡No! ¡Eso era imposible! ¡Carlos jamás se reiría de un amigo! Por lo tanto, abatido, simplemente me despedí de él.

6
Muchos fueron los intentos que hice para poder descubrir como descifrar mensajes ocultos.
Busqué en la biblioteca todo lo referente de códigos encriptados y por muchas horas leí todo lo que estaba al alcance para investigar que era lo que me había querido decir Carlos en el libro.

Descubrí que cuando tienes más de un mensaje cifrado distinto, nunca debes usar la misma clave para descifrarlos, porque si lo haces rompes la seguridad del mensaje. Tal vez por esto es que eran necesarias tantas claves distintas... Pero eso quería decir que tenía diez y seis mensajes por descubrir.

Investigue el lenguaje cifrado Playfair que utiliza una clave de cuatro letras distintas para generar la regla de cifrado. Estas me servirían para QTOR, pero para ninguna de las otras.
Pero algo inquietaba mi subconsciente o muchas veces no quise afrontar.... no importa cuanto investigara.... aún no tenía ningún mensaje para descifrar... Sólo sus claves.

Tal vez por eso, simplemente de a poco lo fui dejando de lado.
Tal vez por eso, el remordimiento me consumió silenciosamente.
Tal vez por eso, simplemente me di por vencido...
...Hasta ahora.

7 (2007)
Carlos Raúl Sepúlveda murió el viernes 9 de febrero de 2007 a los 65 años.
Pocos de mis amigos han muerto... A veces se hace difícil de sobrellevar... Y con Carlos Raúl no ha sido la excepción.

Fueron muchos los momentos que compartimos en torno a la Sochif. Fueron muchos los desafíos que realizamos en pos de dar a conocer el tan menospreciado género de la Ciencia Ficción.
A veces cuando nuestros ánimos habían decaído al suelo y cuando ya pensábamos en renunciar, siempre aparecía el consejo y guía de Carlos que nos hacia levantar los brazos de nuevo.
Simplemente nos enseño un camino a la sabiduría...
...le echaremos mucho de menos.
(CONTINUARÁ)

Santiago, Abril de 2007.
PS.- Texto íntegro ubicado en
http://www.puerto-de-escape.cl/08/02_esp_crs.htm#04