domingo, 18 de mayo de 2008

Revista Quantor, Año 2 - Nº 4.
Santiago, Ediciones de la Golondrina, 2002.
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EDITORIAL: IDENTIDAD Y CULTURA.
Por Carlos Raúl Sepúlveda C.
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Tradicionalmente se concebía a la cultura como una flor de invernadero, el exquisito fruto de hábiles jardineros generado para el uso y goce de las clases dominantes. La cultura tenía la etiqueta de un artículo suntuario destinado al consumo de unos pocos elegidos. El disfrutar de Mozart, Modigliani, Picasso, leer a Cervantes, Shakespeare, Tagore o Gibrán Jalil Gibrán era lo que establecía la diferencia entre las personas y su categoría espiritual.
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Con el estallido de las comunicaciones, con la increíble expansión del acceso al conocimiento comenzó a hablarse de una “aldea global”, de la “comunidad planetaria”. ¿Avanzamos realmente hacia allá?
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La moderna concepción, la visión antropológica de la cultura, tiene poco que ver con el egoísta goce estético de una minoría y mucho más con un fenómeno colectivo de carácter nacional y popular. La cultura, en síntesis, sería el resultado de la interacción del hombre con la naturaleza, consigo mismo y con los artefactos que fabrica.
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Para saber lo que el hombre es, para efectuar la proyección de lo que la humanidad podría llegar a ser, sin duda la CF tiene que sumirse en el profundo análisis del pasado, de los mitos y las expectativas proféticas, del modo en que nuestro entorno nos condicione, nuestro mar, nuestra selva, nuestra cordillera. El conocimiento de los viejos dioses felinos que rondan en el lindero de la conciencia y el sueño, o las antiguas historias donde las fuerzas naturales visten máscaras labradas en canelo, Pillanes que asumen identidades y vienen a morar en cualquiera de las siete dimensiones, planos o mundos paralelos de la cosmogonía aborigen, nos entregan las claves de un posible desarrollo futuro.
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Vivimos un período particularmente contradictorio. Por una parte, las medidas políticas arbitrarias, frutos de guerras, acuerdos o correlaciones de fuerza de grupos nacionales en pugna, las fronteras y límites, tienden a desaparecer. Europa unifica su moneda y sienta un precedente de valores universales como la justicia y la verdad. Al establecer la existencia y la esperanza de una justicia universal que trascienda los limitados conceptos de una soberanía nacional sobre el crimen, una posesión jurídica del delito, su absolución o castigo, se ha dado sin duda un paso significativo hacia la constitución de una nueva sociedad terrestre.
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Sin embargo, resurgen, tras la caída de las viejas estructuras políticas, las nacionalidades como flores en el jardín de la diversidad. La fe arde como una antorcha reencendida en pequeñas sectas, en grandes comunidades, en grupos nacionales: serbios y kosovares, albaneses y kurdos, tirios y troyanos. El hombre experimenta la profunda necesidad de reasumir su identidad básica, su idiosincrasia, su particular manera de sufrir la naturaleza que lo entorna.
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Desde luego el nuevo conocimiento científico puede ser transferido de un lugar a otro en el espacio y en el tiempo sin perder su legitimidad, pero la práctica, su aplicación tecnológica, dado el carácter local de su estructura, presenta indudables barreras a su transferencia espacial y temporal. El propósito de la tecnología es cambiar y modificar la naturaleza, lo que ejemplifica el intento eslavo, fallido por esta vez, de encender para las sombrías regiones árticas, un pequeño sol.
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Sin duda es un hecho cultural cuando un individuo o una comunidad, desarrolla una tecnología particular, creada en términos de las modificaciones que pretende hacer a la naturaleza. De este modo, la tecnología corresponde a propósitos que no son universales, que no son necesariamente los fines de todos los hombres del planeta.
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La tecnología, pues, implica la solución a objetivos definidos en función a las necesidades de la comunidad que la genera y a los valores que la sustentan. Por tanto, una tecnología podrá transferirse de una comunidad a otra solo en la medida que los valores que se encuentran contenidos en ella sean a su vez válidos en la colectividad que los importa. Así, la transferencia tecnológica no es solo mover de sitio, por cien o mil kilómetros, una máquina, un proceso, un instrumento o un programa. Implica también la importación de los valores particulares de las personas que la elaboraron.
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Sin ir más lejos, el efecto causado a la ecología costera de Chile por los barcos factorías japoneses que arrasan con la vida de los peces, aves y mamíferos marinos, el quehacer de la pesca artesanal y la economía locales, nos muestra claramente lo peligroso de dichos implantes. El hecho de no reconocernos, de ignorar el carácter local de la cultura y por ende de la tecnología, implica desconocer los supuestos sociales, económicos y espirituales que implican la aparición e implante de esta última.
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La CF ya no es sólo una literatura, un género escapista, como se figuran algunos, sino todo lo contrario, una atalaya dese la cual podemos avizorar el advenimiento de una cultura planetaria concebida como una gema, un diamante tallado en mil facetas, cada una con su propio fuego, cada una con su particular, hermoso e inconfundible resplandor.